miércoles, 11 de mayo de 2016

POR MÉRITOS PROPIOS

Resultado de imagen para trabajador



A veces lo que puede parecer una ventaja se convierte en un terrible inconveniente.
Desde el siglo XVI y durante más de 200 años los conquistadores europeos importaron millones de esclavos africanos para que trabajasen en las plantaciones y minas americanas. Los esclavistas del Nuevo Continente se aprovisionaban en África, y no en Asia (por ejemplo) por tres motivos fundamentalmente: el primero, porque ya existía un comercio de esclavos bien desarrollado entre las plazas esclavistas africanas y Oriente Medio, y es mucho más fácil utilizar un mercado que ya existe que crear una infraestructura de la nada; el segundo, de proximidad geográfica: Senegal está mucho más cerca de América que Indonesia, lo que hacía que fuera mucho más barato importar esclavos desde África, ya que al ser el viaje más corto había más posibilidades de que los desdichados cautivos sobreviviesen a la penosa travesía en las entrañas de los barcos negreros, y el tercero, el más importante: el genético.
Las plantaciones americanas en lugares como Alabama, Haití o Brasil estaban infestadas de mosquitos transmisores de enfermedades como la malaria o la fiebre amarilla, que eran enfermedades originarias de África. Los africanos se habían visto expuestos a estas afecciones durante siglos y habían adquirido cierta inmunidad, lo que les hacía mucho menos vulnerables que otras razas a unas enfermedades ante las que los europeos estaban totalmente indefensos. Por eso era mucho más sensato para el dueño de una plantación, si quería proteger su inversión, gastar su dinero en un esclavo africano en lugar de hacerlo en uno europeo o asiático, ya que estos últimos posiblemente caerían mortalmente enfermos en su nuevo destino a las primeras de cambio.
Pero el dinero no lo mueve todo -al menos no nos gusta creer que es así- y los dueños de plantaciones americanas se negaban a aceptar que los señores que se deslomaban para ellos de sol a sol, los que labraban sus tierras y perforaban sus minas, eran esos y no otros solo por motivos económicos. Los colonos europeos, en el fondo, no solo querían ser vistos como exitosos empresarios, sino como gente justa y piadosos de Dios: había que encontrar una justificación para su superioridad respecto a aquellos a los que esclavizaban y se acudió a la Teología, que explicaba que los negros descendían de Cam, uno de los hijos de Noe, que portaba la maldición divina de que su descendencia sería esclava; o a la Ciencia, con médicos y biólogos cuyos estudios sesgados demostraban una y otra vez que los negros eran menos inteligentes, más promiscuos y con una moral menos consistente que la de sus amos blancos, lo que les hacía merecedores de su destino.
Y esas teorías seudocientíficas, nacidas para aliviar los sentimientos de culpa que pudieran albergar los que portaban el látigo, encontraron fértil acogida en suelo norteamericano, donde todavía hoy un porcentaje muy alto de la población funciona con esquemas mentales que se adecuan a esos principios, hasta el punto que en una fecha tan cercana como 1958 un estudiante negro que solicitó matricularse en la Universidad de Mississippi fue ingresado en un psiquiátrico, al considerar el juez que un negro que se creyese capaz de entrar en la Universidad tenía que estar loco por la fuerza.
Es curioso, pero la superioridad genética original (en términos de resistencia a la enfermedad) se tradujo con el paso de los siglos en términos de inferioridad social, en un círculo vicioso que llega hasta nuestros días: da igual que en la Casa Blanca se siente ahora un negro, que el deportista mejor pagado del mundo sea un negro (el boxeador Mayweather) o la presentadora de televisión más influyente y con mayor sueldo sea negra (Oprah Winfrey), si eres negro en Estados Unidos tienes muchas más posibilidades de ser pobre, no poder acceder a una buena educación o morir bajo los disparos de la policía que si eres blanco.
Círculos viciosos como este, que nacen de acontecimientos históricos puntuales o de circunstancias accidentales, se perpetúan en el tiempo en todas las facetas de nuestra sociedad, ya que la discriminación injusta suele empeorar con el tiempo: el dinero llama al dinero, la pobreza a la pobreza, la cultura llama a la cultura y la ignorancia a la ignorancia.
Si acudimos a la lista de las mayores fortunas del mundo vemos que  la mayoría de los milmillonarios son herederos, y que incluso entre las fortunas de nuevo cuño, las forjadas a partir de cero, la mayoría de los millonarios ya pertenecían a la élite de la sociedad (las familias de gente como Bill Gates o Carlos Slim estaban perfectamente relacionadas y sus hijos tuvieron acceso a la mejor educación y a los mejores contactos). Es cierto que existen casos de millonarios o dirigentes políticos salidos de guetos, pero lo normal es que las élites se perpetúen y los guetos también.
Así, los buenos empleos suelen ir a parar a gentes de clases altas, mientras que  la gente de clases medias y bajas, salvo en casos excepcionales, han de conformarse con empleos peor remunerados y de menor poder, aunque solo sea por una cuestión de contactos: la gente que va a buenas universidades conoce a gente cuyas familias ya tienen una red formada y el círculo se cierra.
Además, en el mundo laboral muchas veces se confunde causa y efecto cuando, en los procesos de selección, se da por supuesto que haber estudiado en una universidad de élite o haber trabajado como becario en ciertas firmas especialmente valoradas es una muestra de la valía del candidato, cuando como demuestra el caso de la lista filtrada con los “enchufados” en cierta prestigiosa compañía, suele ser más bien al contrario: tus contactos te garantizan una buena entrada en el mundo laboral que posteriormente se traduce en una carrera más exitosa (en general) que la de aquellos que no salieron desde la primera línea de salida.
Y supongo que será un sesgo cognitivo, pero casi todos los que en nuestra sociedad consiguen un cierto status tienden a creer que ha sido por méritos propios, “porque yo lo valgo”, gracias a su dedicación, esfuerzo y talento, sin darse cuenta de que generalmente han tenido el camino bastante más despejado que la gente igualmente válida que trabaja para ellos.
Y en esa actitud de neoliberalismo mal entendido tendemos a creer que aquellos que no gozan de nuestra situación no es porque no hayan tenido nuestros privilegios, sino por algún fallo de su carácter. No digo que aquellos que han ido a una buena universidad o han tenido acceso a ciertas entrevistas no sean válidos, o que no merezcan su posición, solo digo que deberían ser más conscientes de que parte del secreto de su éxito puede encontrarse más allá de ellos, algo que sistemáticamente se niegan a aceptar.
Lo de que los seres humanos somos iguales es una mentira piadosa que ni siquiera es cierta metafóricamente, un mito que ha inventado nuestra sociedad, un mito como otro cualquiera en el que, a un nivel profundo, nadie cree.
Pero yo sí creo en otra verdad: que todas las personas deberían tener las mismas oportunidades para desarrollar sus potenciales, y la sociedad actual, aunque posiblemente sea la más igualitaria de la historia, una sociedad que se define a si misma como meritocrática, está muy lejos de serlo.

No hay comentarios: